Desde tiempos prehispánicos, este pueblo no se repliega ante las vicisitudes del tiempo. El arreo de llamas, la admiración por las aves, las proezas surgidas de la madera, la piedra y la sal son los tesoros que nadie osará borrar o destruir en una comunidad que abraza su identidad. San Francisco de Alfarcito es esa guarida de piedra y adobe que las montañas se reservan como secreto.

El pueblo argentino con 33 calles y símbolos de la masonería que busca ser uno de los mejores del mundo

Pequeñas estructuras que se confunden con el color del suelo se despegan de él. La montaña hacia atrás es la escenografía perfecta de un poblado que el sol hace lucir sin miramientos. Los cardones son testigos silenciosos de los tejidos con lana de vicuñas, de las jornadas parroquiales de la iglesia de blanco impoluto y de las costumbres ancestrales que hacen a San Francisco de Alfarcito, en la Puna jujeña, un paraje auténtico.

El camino hacia un tesoro a 3500 metros de altura

Este pueblo con encanto, candidato a mejor pueblo del mundo en Best Tourism Villages de 2022, es un punto en el departamento de Cochinoca, a unos 170 km de San Salvador de Jujuy. Instalado cerca del cielo, hay que atravesar las famosísimas Salinas Grandes y continuar 22 kilómetros de subida por la Ruta Provincial 11 mientras las llamas y vicuñas se acercan a dar ánimos por el camino amarillo y arenoso hasta llegar al corazón de 3500 metros sobre el nivel del mar.

San Francisco de Alfarcito le debe su nombre a una de las actividades agrícolas principales de la localidad en su momento, el cultivo de alfalfa. Hoy sus pobladores, que no superan los 150, se dedican al sembrado de habas, maíz y papas. También a la cría de ovejas y llamas.

Telares tradicionales y el arte de protegerse del frío

En este pueblito jujeño hace frío y sus habitantes saben cómo resguardarse. Los habilidosos artesanos dedican su tiempo a confeccionar a base de lana de llama sus propios buzos de abrigo. La fibra de este camélido y de oveja también sirve de base para los ponchos, frazadas, fajas, ruanas y gorros que se elaboran con telares tradicionales y tintes naturales.

Esta devoción por el hacer manual y colectivo se materializa en el salón permanente de artesanías, ubicado justo al lado de la iglesia, donde las mujeres de la comunidad comparten con recelo y orgullo el proceso completo del hilado. 

Un pueblo donde los telares cuentan su propia historia. (Imagen Web)

Historia viva y fe en la Iglesia de San Francisco de Asís

La vida comunitaria también se teje alrededor de su templo, la Iglesia de San Francisco de Asís. Antes de su fisonomía actual, levantada con el esfuerzo de los propios vecinos entre 1940 y 1946 bajo la dirección de la familia Carrillo, los pobladores dependían de las visitas esporádicas de sacerdotes lejanos. Hoy, el templo cobija una imaginería singular que evoca el arte del célebre santero Hermógenes Cayo, junto a los bombos, cornetas y erkes que los sikuris hacen sonar cada 4 de octubre para celebrar a su santo patrono.

Para quienes buscan una conexión profunda, el pueblo se despliega en caminatas que son verdaderos viajes en el tiempo. Apenas a tres kilómetros del centro, siguiendo el cauce del río Agua Salada, el sendero hacia Casa León revela antiguas terrazas de cultivo y puntas de flecha que afloran entre la arena. Otra opción es desandar el camino hacia Peña Alta, un mirador natural que regala una panorámica imponente de la Laguna de Guayatayoc, o caminar hasta la vieja escuela de 1920, un testimonio arquitectónico de los pioneros de la región.

Secretos ancestrales en medio de paisajes fascinantes 

Alfarcito funciona también como el corazón de una red de parajes fascinantes. Tras una caminata de dos horas se alcanza Sausalito, un pequeño balcón hacia la laguna especializado en tapices complejos. O bien se puede rumbear hacia Rinconadillas, un pueblo de peñas rojas y calles de piedra laja donde se resguarda el secreto de la "coipa", el salitre inmaduro utilizado ancestralmente para la higiene personal.

Llegar hasta aquí exige despojarse del apuro urbano: la comunidad aconseja el arribo en contingentes pequeños para preservar la intimidad del lugar, caminar con calzado de suela gruesa, protegerse del sol inclemente de la altura y, sobre todo, pedir autorización antes de retratar con cámaras los rostros del pueblo.